11 abril,2011

Lo más importante en la oración: experimentar a Dios

«¿Quién amaría más la luz: un ciego de nacimiento que conociese cuantos discursos y raciocinios han hecho los filósofos sobre ella y todas las alabanzas que le han tributado, o el labriego que con vista clara percibe la luz del hermoso sol naciente? Aquel tiene mayor conocimiento, y este tiene mayor goce; el goce produce amor más vivo y animado que el simple conocimiento venido del raciocinio, porque la experiencia de un bien nos lo hace infinitamente más amable que toda la ciencia» (San Francisco de Sales, Tratado del amor de Dios, VI, 4).

El impacto que tiene en nosotros la experiencia personal de Cristo

El ejemplo de San Francisco vale más que cualquier introducción. De hecho, ¡cuántas veces lo hemos vivido nosotros también! Nos dicen que el helado de fresa de tal heladería es único; nos lo describen… Pero sólo cuando lo probamos podemos decir cómo es y disfrutarlo.

En la oración pasa lo mismo. Podemos tener presentes todos los pasos que se deben hacer, sabernos de memoria todas las oraciones inventadas. Pero sólo cuando dialogamos vivamente con Dios, cuando le tenemos de tú a Tú, cuando nos sabemos amados por Él, cuando le desnudamos nuestro corazón, es cuando podemos decir: ¡realmente he hablado con Dios y he salido transformado!

Enamórate de Cristo

El Cura de Ars cuenta una anécdota, tal vez conocida por algunos. Todos los días solía ver una persona que solía quedarse sentada, sin decir nada. Sólo miraba el Sagrario y ya. Intrigado, el santo sacerdote le preguntó qué hacía, recibiendo por respuesta: «Nada. Yo le miro y Él me mira». Es como los enamorados, que se pasan horas viéndose a los ojos, incluso sin decirse nada, pero, al mismo tiempo, transmitiéndose todo el amor que sienten el uno por el otro.

La consecuencia lógica de un enamorado es hacer cualquier cosa por la persona amada. Por ello, será de esta oración de donde brotará un mayor compromiso en la vida diaria; cuando se haya el gusto en ese dirigirnos con afecto hacia Dios, se debe traducir, casi por instinto, en obras. El mismo San Francisco pone ejemplos concretos: «en adelante no me enojaré por las palabras injuriosas que aquel o aquella, el vecino o la vecina, mi criado o la criada, dicen contra mí, ni tampoco por tales o cuales desprecios que me ha hecho este o aquel; al contrario, diré tal o cual cosa para ganarlos o suavizarlos, y así de los demás afectos» (Introducción a la vida devota, II, 6).

Entonces, ¿Cómo es tu oración?

¿Cómo es mi oración? Ésta es la pregunta que San Francisco de Sales nos lanza hoy: técnicamente impecable, racionalmente pulcra… o una oración que dialoga con el Corazón de Cristo y que le dice: «Señor, yo te miro; mírame Tú, para que de esta manera pueda ver también a este mundo con tus ojos».

 


 

Autor: P. Juan Antonio Ruiz J., L.C.

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