El silencio en el apostolado (Primera Parte)

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El silencio en el apostolado (Primera Parte)

¿El apóstol necesita orar?

¿Cuál es la diferencia entre una actividad apostólica y una profesión? ¿Qué diferencia hay entre el trabajo que una monjita realiza en una residencia de ancianos y una asistenta social de la tercera edad? ¿Qué diferencia hay entre un religioso que ejercita su apostolado en un colegio y un maestro del estado? En ocasiones puede dar la impresión que no sabemos responder con claridad estas preguntas ¿Cuál es la respuesta? La hemos escuchado muchas veces: el apóstol, el consagrado en su apostolado, se sabe y es principalmente instrumento de otro y para otro; el profesional en su trabajo, es y será, ante todo, de y para sí mismo. Profundicemos lo dicho.

Un instrumento

El apóstol, en el ejercicio de su apostolado es un instrumento. El instrumento es algo que está en manos de otros; en nuestro caso, en manos de Dios. Pero el instrumento es, además, algo para el bien de otro. El cincel y el martillo, en manos del escultor, hacen un bien a la roca, pues gracias a ellos va tomando forma hasta convertirse en obra de arte. Al final del trabajo se admira la obra de arte y se reconoce al artista, mientras el cincel y el martillo quedan en el anonimato.

Indudablemente esta imagen es hermosa, pero tenemos que reconocer que el papel que nos toca a nosotros, los consagrados, los apóstoles, no es nada agradable desde el punto de vista humano. Por un lado estamos a merced de la mano artista de Dios, por otro no dejamos de golpear la roca de los corazones humanos y, en consecuencia, de recibir sus quejas. Finalmente todos son aparentemente recompensados menos nosotros. Por todo esto, no nos debe extrañar que la actividad apostólica pueda ser fuente de conflictos, sobre todo, interiores.

El silencio del enviado

En consecuencia, el trabajo apostólico implica una gran dosis de silencio de nosotros mismos. Etimológicamente, apóstol, significa enviado. Somos enviados, es decir, no vamos a donde nosotros queremos sino a donde otro quiere. De ahí la necesidad de hacer silencio de destinos. El buen apóstol, si hace silencio en su interior, no le importa uno u otro destino, sino el saberse destinado. Más aún, el silencio de destinos aplica también al trabajo que hoy se desempeña, no apegándose a el ni tampoco rechazándolo. Hoy se sabe destinado a este lugar, pero está dispuesto a ser destinado mañana a otro lugar. Lo único que le interesa es tener un destino, el destino que Dios quiere en cada momento. Hacer silencio de destinos significa también hacer silencio de todos los motivos humanos que pueden o han podido influir en los cambios que se efectúan. El religioso apóstol sabe que Dios está por encima de todo. Sólo a él escucha, haciendo silencio de las circunstancias que rodean las decisiones humanas.

No es suficiente con acoger con fe y alegría el destino recibido. Es necesario actuar en el apostolado tal como Dios nos pide. Esto implica silencio de los propios modos de pensar y de ver las cosas para acoger los modos de actuar y obrar del carisma del instituto.

El silencio del instrumento

El saberse instrumento implica otro gran silencio en nuestra vida consagrada y de apostolado. El cincel y el martillo son siempre instrumentos, incluso cuando están colgados, serenos, en el estante. No estar en las manos del artista no significa que dejan de ser instrumentos. Así ocurre con el apóstol. Su auténtica misión no es hacer apostolado, sino ser apóstol. El consagrado apóstol necesita el silencio de hacer apostolado para vivir en verdad como lo que es: ser apóstol, instrumento de Dios, pues se es apóstol en la oración, en la vida comunitaria, en la fidelidad a la consagración, en los momentos de formación y de recreación. Siempre se es apóstol.

Silencio por las almas

El apóstol no solo debe hacer silencio por el hecho de ser instrumento. También debe callar en relación a los destinatarios de su apostolado. El apostolado no me pertenece, pertenece a Dios. Es él quien escoge la materia que cincelar (piedra, bronce, maderaa). En consecuencia, el apóstol deberá hacer silencio respecto a las almas confiadas. Éstas no son mejores o peores, son las que son, las que Dios concede para acercarlas a El. En ese sentido, no hay un apostolado mejor o peor, sino almas que salvar y acercar al Señor.

Se requiere también silencio de nuestras previsiones con cada alma. El buen apóstol está para servir a las almas, para acompañarlas en su ritmo, en el ritmo de Dios, obedeciendo la acción que El realiza en cada una de las almas.

(Continuará la próxima semana…)


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