La ternura del Corazón de Cristo

La ternura del Corazón de Cristo

En una obra de carácter teológico, San Buenaventura afirma: “El dulcísimo Corazón de Jesucristo nos mostró tanto amor que no le pareció gravoso sobrellevar por nosotros un extremo y dolorosísimo género de muerte” (Comentario a las Sentencias. Prólogo).

Amor tierno y maduro

El año de la misericordiosa al que nos acercamos hará penetrar más hondamente en nuestra conciencia la ternura del amor infinito de Dios manifestada en Cristo y la donación que Él hizo de su vida por amor a nosotros. El amor tierno lo aplicamos espontáneamente a la madre hacia el hijo, o a las primeras fases del amor romántico, pero también un tal tipo de amor puede perdurar en el amor maduro que nunca deja de tener muestras de afecto por la persona amada.

El corazón de Jesús como modelo

En la oración nosotros debemos aprender a comprender y recibir la ternura del amor de Dios y a manifestarle a Él también la nuestra. Es por esto que la oración es uno de los mejores medios para formar el corazón. Podamos tener un corazón que tenga habitualmente una temperatura de “frío polar”. Queriendo manifestar virilidad y fortalece en el amor, como muchas veces requiere lo cotidiano de la vida, podemos caer en el extremo de un corazón que sea rudo y áspero no sólo consigo mismo, sino con Dios y con los demás.
La devoción al Corazón de Jesús, la consideración de su misericordiosa amorosa, la conciencia de que Él es el Buen Pastor de nuestras almas, nos ayudará a poder formar nuestro corazón según el modelo del Corazón de Jesús. Y el mejor medio para hacerlo es en la oración. Porque en ella tenemos que poner a latir nuestro corazón al unísono con el corazón de Cristo. ¡Cuántas veces llegamos a la oración más bien fríos, desangelados, huraños o nerviosos por tantas cosas que la vida lleva consigo y que nos van haciendo retroceder hacia la trinchera de un aislamiento personal que no quiere saber nada de nadie! Y, llegando a la oración, y estando con Jesús, casi sin darnos cuenta, vamos cambiando la actitud del corazón: se va haciendo más pacífico, humilde, sereno, olvidado de sí, lleno de confianza y de entusiasmo.

No temamos a la ternura

A veces tememos a la ternura porque, por diversas experiencias de la vida, parece que las relaciones con los demás las debemos llevar según una cierta lógica de la dureza, del saberse imponer, del poder, del dominio o de la autoridad-sumisión. Manifestar demasiado cariño puede ser peligroso. Es cierto que la vida de todos los días conlleva situaciones en los que se requiere gran fuerza de carácter, ascesis, abnegación, dominio de sí y que la vida cristiana es para los que luchan: “El Reino de los cielos padece violencia y los fuertes lo arrebatan” (Mt 11, 12). Pero la militancia verdadera no está reñida con una actitud de bondad que emana de un corazón que no se mira a sí mismo sino que quiere siempre reflejar la límpida transparencia del Corazón de Jesús.

Dios es misericordioso

Y sobre todo no temamos a recibir la ternura del amor de Dios en forma de misericordia, de perdón y de consuelo. Como buen Padre también a veces nos llamará la atención, sacudirá la conciencia, nos llamará al orden, pero siempre dentro de esa bondad infinita, de esa “terrible ternura” de un amor que en su grandeza nos sorprende continuamente con nuevas formas insospechadas. En la oración callada, contemplativa y solitaria, pero siempre unidos a la Iglesia a través del misterio de la comunión de los santos, vayamos preparando y modelando nuestro corazón para hacerlo manso y humilde como el de Jesús.


Agradecemos esta aportación al P. Pedro Barrajón, L.C. (Más sobre el P. Pedro Barrajón, L.C)

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