La oración, encuentro con el Resucitado

La oración, encuentro con el Resucitado

En los días de Pascua la liturgia nos presenta los evangelios en los que se describen las apariciones y encuentros de Jesús resucitado.

La esperanza del encuentro con Jesús resucitado

En cada de uno de estos encuentros el Señor se muestra dejando en el alma de los discípulos una alegría inusitada.Los discípulos de Emaús, por ejemplo, regresaban a su casa con la esperanza rota como lo demuestra la expresión de uno de ellos “nosotros esperábamos que él (Jesús) habría sido el redentor de Israel” (Lc 24,21). Como estos mismos discípulos nosotros también podemos acudir a la oración con la esperanza rota, como la barquilla de la poesía de Lope de Vega: “pobre barquilla mía entre peñascos rota!”. Sí, la pobre barquilla de nuestra existencia ha podido quedar rota entre los peñascos de la vida, haber perdido la dirección, y haberse quedado medio arrumbada entre los escollos del mundo. Pero cada rato de oración bien hecha es como el encuentro con Jesús resucitado, capaz de renovar nuestra esperanza, de recuperar las energías espirituales, de tomar conciencia del rumbo de nuestra vida, de cargarse de nuevas fuerzas para seguir caminando en la vida hacia la meta que nos señala la voluntad del Padre.

El encuentro en la oración

En la oración encontramos realmente en la fe a Jesús resucitado, el mismo que en la primera aparición a los apóstoles les dejó la paz, su paz, esa que el mundo no entiende pero que unge el alma con el bálsamo de la alegría divina, de la serenidad profunda, de la quietud del espíritu, distraído y solicitado por tantas cosas externas creadoras de turbación. Por ello los verdaderos orantes tienen cara de resucitados, de hombre pascuales, que dejan en torno a sí el perfume de la alegría del Evangelio. Quizás nosotros los hemos encontrado en los monasterios de religiosas contemplativas, en los seminarios, en las santas madres de familia, en los hombres justos y nobles con que nos cruzamos a diario. También nosotros podemos y debemos mostrar al mundo el rostro del Cristo resucitado al que hemos previamente encontrado en la oración como Camino, Verdad y Vida de nuestras vidas.

Seamos testigos de Cristo

También nosotros podemos dejar en torno nuestro el buen olor de Cristo, e ir caminando por el mundo dejando la huella indeleble del amor que se dona a todos sin mirar a quién, como Cristo lo hizo durante su vida terrena. La Pascua, en camino hacia Pentecostés, nos invita dejarse invadir por el gozo de Cristo, por alejar de nuestras vidas las tristezas que son un producto de nuestro propio egoísmo y que no vienen de Dios, y en cambio vestirnos de Cristo resucitado, habiéndonos antes dejado sorprender por Él, por la sorpresa de su amor, por la paz de su presencia. Que el Espíritu Santo, que es el Espíritu de Cristo resucitado, transforme nuestras vidas y nos haga testigos de la alegría del Evangelio que antes hemos saboreado y contemplado en la oración.


 

Agradecemos esta aportación al P. Pedro Barrajón, L.C. (Más sobre el P. Pedro Barrajón, L.C)

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