Arrodillarse

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    Es un gesto que entraña una radical ambivalencia: de hecho, puedo ser obligado a ponerme de rodillas — condición de indigencia y de esclavitud—, pero también puedo arrodillarme espontáneamente, confesando mi límite y, por tanto, mi necesidad de Otro. A él le confieso que soy débil, necesitado, «pecador». En la experiencia de la oración la criatura humana expresa toda la conciencia de sí misma, todo lo que logra captar de su existencia y, a la vez, se dirige toda ella al Ser frente al cual está; orienta su alma a aquel Misterio del que espera la realización de sus deseos más profundos y la ayuda para superar la indigencia de su propia vida. (Audiencia general en la Plaza de San Pedro, Benedicto XVI, 11 de mayo de 2011)

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