2 enero,2019

Cómo rezar el Rosario con Imágenes; Misterios Gozosos

CUARTO MISTERIO

La Presentación de Jesús en el Templo

«Cuando se cumplieron los días en que debían purificarse, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: “Todo varón primogénito será consagrado al Señor” y para ofrecer en sacrificio “un par de tórtolas o dos pichones” conforme a lo que se dice en la Ley del Señor. Vivía por entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Era una persona justa y piadosa, que esperaba que Dios consolase a Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. El Espíritu santo le había revelado que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu vino al Templo. Cuando los padres introdujeron al niño Jesús para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, lo tomó en brazos y alabó a Dios diciendo: “Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz, porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a las gentes y gloria de tu pueblo Israel”. Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre “Este está destinado para caída y elevación de muchos en Israel, y como signo de contradicción – ¡a ti misma una espada te atravesará el alma! – a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.» (Lc 2, 22-35)

Han visto mis ojos tu salvación

¡Cuántos pensamientos, sentimientos y deseos alberga nuestro corazón en lo más profundo! Cuántos temores también, y oscuridades, y dudas… Deseamos una seguridad que nos fortalezca en la esperanza, una luz que guíe, una certeza. Nos sentimos agitados y anhelamos, sobre todo, paz; pasan los días aplastados por el tedio y el sinsentido, y anhelamos plenitud de vida. Y quisiéramos ver con nuestros propios ojos que toda oscuridad se ha disipado, y experimentarnos salvados de lo que tanto nos oprimía. Qué habrá significado para Simeón toda esta experiencia contenida en el cuerpecillo de un Salvador envuelto aún en pañales.

La Presentación de Jesús en el Templo es la fiesta del encuentro de Dios con su pueblo. La Ley del Antiguo Testamento, que en sus mínimos detalles cumplen María y José, ofreciendo lo que estaba prescrito para los pobres, “una tórtola o dos pichones”, en la persona de Jesús, el Hijo de Dios, ha alcanzado su cumplimiento definitivo: «Por eso, al entrar en este mundo dice: “Sacrificio y oblación no quisiste, pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡Aquí estoy, dispuesto – pues de mí está escrito en el rollo del libro- a hacer, oh Dios, tu voluntad!” En virtud de esa voluntad quedamos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo» (Hb 10, 5-7.10)

En el mosaico que ahora contemplamos, María ofrece a su hijo al Padre al depositarlo en las manos de Simeón. Pero es el mismo Niño Jesús el que parece arrojarse voluntariamente a los brazos de Simeón. Es el Hijo que ofrece gozoso su cuerpo en oblación, que se entrega al Padre para realizar en plenitud su Plan de salvación. «Ese niño que estaba envuelto en pañales en virtud de su bondad, también fue envuelto en sacerdocio y profecía en virtud de su majestad. Simeón lo vistió de estas vestiduras y lo presentó a quien lo había arropado en pañales. Entonces, mientras el viejo lo restituía a su madre, restituyó con Él el sacerdocio. Y cuando profetizó a ella acerca de Él: «Este niño ha sido destinado para caída y resurrección” también profetizó sobre ella». (San Efrén el Sirio, Sermón sobre Nuestro Señor)

El evangelio no dice que Simeón fuera anciano. Quizá la tradición lo haya imaginado así, pues en su canto de alabanza a Dios este hombre «piadoso, justo y lleno del Espíritu Santo» exclama que puede «dejarle irse en paz». ¿Qué pensamientos y deseos profundos habrán alentado sus oraciones hasta ese momento? El Espíritu Santo le había revelado que no moriría antes de ver a Cristo, el Salvador. Contemplándolo, San Ambrosio aconseja que quien desee «partir para estar con Cristo» más bien «venga al Templo, venga a Jerusalén, espere al Cristo del Señor, tome entre sus manos al Verbo de Dios, lo estreche con los brazos de su fe. Entonces se le dejará ir, para que, habiendo visto la vida, no vea nunca más la muerte».

¡Quien ha visto la Vida no verá nunca más la muerte! Y así, Simeón podrá irse en paz, pues ha visto a Aquel por quien la muerte será vencida, por quien la luz vencerá las tinieblas y no habrá ya razón alguna para temer.

El mosaico muestra, bajo el Niño Jesús, el altar y las ofrendas del pan y del vino. Su Cuerpo y su Sangre, que serán derramados en el altar de la Cruz son la prenda de toda esperanza para Simeón, para María la Madre, para nosotros, todos los hombres. Este Niño está dispuesto y extiende sus brazos a Simeón, como lo hará después en el Calvario para que sean clavados. Bastaba una sola oblación: «También el Espíritu Santo nos lo atestigua. Porque después de haber dicho: “Esta es la alianza que haré con ellos después de aquellos días, dice el Señor. Pondré mis leyes en sus corazones y en su mente las grabaré”; añade: “Y de sus pecados e iniquidades no me acordaré ya”. Ahora bien, donde hay perdón de estas cosas, ya no son necesarias más oblaciones por el pecado». (Hb 10, 15-18)

Simeón -cuyo nombre, según algunos, significa «Dios ha escuchado»- podía exultar de esperanza. La Salvación, en aquel Niño, había alcanzado al mundo: a él, a su pueblo, a las naciones.

Una espada atravesará tu alma

Entre las varias explicaciones que dan los Padres de la Iglesia acerca del significado de esta «espada» anunciada por Simeón a María «para que se descubran los pensamientos de muchos corazones», San Efrén y San Basilio ofrecen dos explicaciones sugestivas.

Efrén el Sirio interpreta que Simeón «también dijo: “Tú quitarás la espada”. Esa espada que custodiaba el paraíso por culpa de Eva, ha sido quitada por María. “Tú quitarás la espada, es decir, la negación. El texto griego dice con claridad: «A fin de que se descubran los pensamientos de muchos» o sea, los pensamientos de los que han dudado». (San Efrén, Comentario al Diatessaron, 2,17)

Para San Basilio de Cesarea, la espada es la del Espíritu, que ilumina los ojos del corazón abriéndolos a Cristo vivo y redentor, y viene a sanar: «“Para que se manifiesten los pensamientos de muchos corazones” significa que después del escándalo por la cruz de Cristo, sea para los discípulos como para María misma, vendría inmediatamente la medicina del Señor, que confirmaría sus corazones con la fe en Él. Así vemos que esto fue lo que sucedió con Pedro, quien después de haberse escandalizado, adquirió una fe más segura en Cristo» (San Basilio, Cartas, 260,9)

Es en el fondo del corazón, allí donde anidaban dudas, tristezas y temores, donde ha irrumpido la esperanza, la alegría, la presencia viva del Salvador. María -la Madre y primera discípula-, Simeón, Pedro, los apóstoles… la cadena ininterrumpida de testigos llega hasta nuestros días. Testigos de fe y de amor. De una Vida nueva, la que Cristo ha traído y donado, derramada tras la resurrección del Señor en los corazones por la acción del Espíritu Santo en su Iglesia. Pavel N. Evdokímov, un ruso ortodoxo exiliado a París, escribía:

«En la Rusia soviética, un verdadero creyente es como una sonrisa de Dios, come una bocanada de aria fresca en el ambiente de aburrimiento instaurado por los doctrinarios fanáticos. Un hombre nuevo es ante todo un hombre de oración. Un ser litúrgico: el hombre del Sanctus, aquel que resume su vida con esta palabra del salmista: “Cantaré a mi Dios mientras viva”. Recientemente, en un contesto de ateísmo de estado, el episcopado ruso ha exhortado a los fieles, a falta de una regular vida litúrgica, a convertirse en templo, a prolongar la liturgia en la existencia cotidiana, a hacer una liturgia de su vida, a presentar a los hombres sin fe un rostro, una sonrisa litúrgica, a escuchar el silencio del Verbo con el fin de hacerlo más potente que cualquier palabra condicionada. Una semejante presencia «litúrgica» santifica cada parte del mundo y contribuye a la verdadera paz de la que habla el Evangelio (…) Hoy en la Rusia soviética las persecuciones se intensifican y en este clima de silencio y de martirio circula entre los creyentes una oración maravillosa, una espléndida doxología, invitándolos a “consolar al Consolador” con su dedicación y con su amor: “Perdónanos a todos, bendícenos a todos, a los ladrones y los samaritanos, los que caen en el camino y los sacerdotes que pasan de largo sin detenerse, bendice a cada prójimo nuestro, a los verdugos y las víctimas, los que maldicen y cuantos son malditos, los que se rebelan contra ti y los que se prostran ante tu amor. Tómanos a todos en ti, Padre santo y justo…”» (Pavel N. Evdokímov, L´amore folle di Dio, la trad. es mía)